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Laure Prouvost, A Way To Leak, Lick, Leek, 2016. Cortesía de la artista. Foto CAC / Andrej Vasilenko

Vilnius es una de esas ciudades con un pasado exaltado. El siglo XX le significó pasar del sometimiento del imperio ruso a la ocupación alemana durante la Primera Guerra Mundial, lograr la independencia con el fin de la guerra en 1918, pero tener que librar, a continuación, tres guerras simultáneas contra Polonia, los bolcheviques así como el Ejército de Voluntarios de Rusia Occidental. En consecuencia, sufrir la anexión de Vilnius a Polonia en 1920, y apenas dos décadas más tarde, experimentar una ocupación soviética y otra nazi que la llevó a ser el escenario de un durísimo capítulo del Holocausto. La segunda mitad del siglo XX le trajo la restauración de la soberanía soviética y, finalmente, la recuperación de la independencia en 1991.

2018 señala el cumplimiento de cien años de ese momento histórico de autonomía política en 1918 para los tres países del Báltico: Lituania, Letonia y Estonia. La Trienal, en esta 13ª edición, toma como sede, por primera vez, a sus tres capitales, haciendo hablar a las historias que conectan los pasados y futuros de los tres países. Give Up The Ghost coloca en cada ciudad un formato artístico distinto, desde la pintura o la escultura de Vilnius, a la performance de Riga o al formato conferencia en Tallin.

El primer capítulo ocurre en el Centro de Arte Contemporáneo de Vilnius (CAC), en la forma de una exposición donde el comisario Vicent Honoré reúne el trabajo más visual de la Trienal, mostrando las obras de 26 artistas. En Vilnius, Give Up The Ghost trata más de materialidad que de palabras. Cuestiones como el tiempo, la identidad, o la pertenencia, afloran a través de estéticas ugly, cercanas a un povera digital que no da respuestas, nos plantea la realidad como una cuestión resbaladiza y en transformación, casi en descomposición.

El austero edificio del CAC es una carcasa ciega y quebrada de hormigón elevada sobre gruesos pilares. Dentro, el diseño expositivo de Diogo Passarinho, se hace presente como el primer gesto artístico de la muestra en Vilnius. El display se centra en la traslación de la retórica material de las piezas expuestas a la arquitectura, alejándose de la pulcritud del cubo blanco para disfrutar de lo roto, lo quebrado, el material de construcción en crudo y los acabados mal ejecutados. La organización formal remite a la arquitectura de los noventa, momento de construcción del centro de arte, pero sobre todo de transición de régimen político en Lituania. Los muros que dividen en múltiples diagonales el espacio son los desechos de los de exposiciones anteriores, y no llegan al techo, mostrando sus interiores de materiales de construcción a veces elegidos simplemente por la suciedad de su aspecto, otros están inconclusos y muestran lo que se esconde detrás.

El pasado es uno de los temas que aparecen en Give Up The Ghost, como un material deformado y transformado que emerge en el presente. Ciertas obras citan a otro tiempo, y otro tiempo implica otro territorio, otro cuerpo social, que de alguna forma se mezcla con el presente, como resto, como componente de la contemporaneidad.

En 1998, Anu Põder encontró unas antiguas pastillas de jabón que había hecho su madre décadas antes a partir de grasa animal y sosa caustica. Durante la época soviética era tradicional fabricarlo de manera casera. Se hacía en el exterior de las casas durante el verano. De manera similar, la artista produjo entonces un jabón nuevo, desde las pastillas de la madre, mezcladas con otras contemporáneas, fabricadas industrialmente en Occidente, formando unas nuevas en forma de lenguas. La primera vez que Anu Põder presentó esta serie de lenguas fue en 1999, en la exposición The Clodhoppers, Footspace of a Man of the 20th Century. Para la Trienal, la artista ha vuelto ha cocer jabón y junto a las pastillas antiguas presenta unas nuevas. La pieza nos sitúa en un espacio imposible, el de la confluencia de una geografía política que acaba en el momento que la siguiente empieza, que se hace presente desde una alusión sinestésica a los sentidos: tacto, olfato, gusto. En la obra de Augustas Serapinas, el material de desecho también se entiende como una especie de asidero con lo Real, como un vector presente hacia su historia pasada, convertido aquí en juego. La madera y hormigón de una antigua central nuclear se vuelven a usar para construir, junto a familias del contexto de la central, para crear una escultura. En las piezas de Olga Balema, los mapas de geografía política que solían colgar en las aulas de colegio soportan tetas de látex. Juego, infancia y maternidad, enmarcados en un contexto geopolítico, hacen presente de forma material y formal el cuerpo.

La identidad se presenta como una cuestión de disolución y formación. Dislocada la noción de pertenencia, incluso desde un rechazo expreso a ella, el hilo de música trap o slow rap de la pieza de Laure Prouvost es casi un videoclip donde unos adolescentes conectan de forma irresistible con lo sintético: la pintura del coche barnizada, la pantalla lacada del iPhone; y con la vida en su forma orgánica más directa: la muerte del pájaro, el atardecer como final del día... escuchando con las manos, tocando con los ojos. En frente de la pantalla, se sitúan unos asientos de coche y el detritus contemporáneo que aparece en la imagen que habita la pantalla. La imagen se deja tocar y oler.

En las piezas de Katja Novistkova, la huella humana se diluye en un mundo tecnológico. Una pareja de robots se miran de frente a frente: unos acunadores eléctricos, unos láseres, muchos cables y entre todos estos un líquido viscoso y transparente. Cuerpo y órgano también están presentes en las piezas de Pakui Hardware. Su retórica ensimismada en los detalles y acabados de los materiales presenta una serie de cuerpos en estado líquido, suspendidos y esparcidos por el suelo. Cuerpo máquina, cuerpo orgánico.

Territorio y tiempo político, desecho, distopía, identidad en flujo, fractura... La muestra en Vilnius es una colección de piezas sumidas en el entorno autónomo del CAC, que se ha contagiado por la materialidad decadente, sucia, de las obras, conectadas entre ellas, pero en definitiva, también autónomas. La muestra, que parece hablar de un presente-futuro más o menos común a gran parte de este planeta, que brilla más en los momentos en los que nos pega a la imagen concreta, a los gestos sencillos, como la fabricación de un jabón que une de forma matérica el detrito de dos mundos.

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