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En torno a la crítica. Jesús Carrillo y Peio Aguirre en conversación con Jaime Cuenca

Ambos habéis hecho recientemente un ejercicio de reflexión en torno a la crítica, sus inercias, amenazas y retos. En tu ensayo La línea de producción de la crítica (consonni, 2014), Peio, comienzas señalando la contradicción actual entre la aparente omnipresencia y la anunciada muerte de la crítica. Por tu parte, Jesús, en tu editorial al número 8 de Desacuerdos comentabas lo difícil que resulta hoy reconocerse en los linajes discursivos de la crítica hecha en España a lo largo de los últimos cuarenta años. ¿Por qué esta necesidad de diagnosticar hoy la salud de la crítica? ¿Está atravesando un tiempo especialmente problemático?

Jesús Carrillo: Pertenezco a una generación, la que se inicia en el mundo del arte a finales de los ochenta, que puso en la crítica una enorme responsabilidad, como aquel ámbito de acción que podría sacar al arte del estado de banalidad y provincianismo que se reconocía en las prácticas de la década que entonces acababa. Tal como intento argumentar en el ensayo con que yo mismo contribuyo a este volumen de Desacuerdos, dicha expectativa se vio defraudada por la subordinación de la misma crítica al proceso de institucionalización e instrumentalización del arte por el poder durante los noventa, pasando a convertirse en buena medida en una práctica legitimadora y alejandrina cuya misión principal era alimentar al aparato de representación del poder. La caída de la crítica de ese pedestal está vinculada al descrédito y desmontaje de la institución arte acelerada por la crisis, aunque Alberto López Cuenca señalara unos años antes la evidencia de la “desnudez del Emperador”. Yo veo la actual situación de precariedad como una ventana de oportunidad para la crítica. Sin ánimo de hacer demagogia, diría que su distanciamiento respecto al poder y su vinculación con otros agentes, llámense artistas, comisarios, gestores, o activistas de distinto tipo, en el tejido de nuevos espacios para la cultura y el arte, devuelven a la crítica unas nuevas condiciones de posibilidad e incluso necesidad.

Peio Aguirre: El libro que he escrito no es la respuesta directa a la coyuntura puntual de la crítica de arte en España. Más bien responde a un cúmulo de intereses teóricos y metodológicos concretos y a una deriva personal en mi trabajo, el cual con el paso del tiempo se ha centrado en la escritura como lugar de actuación. Aunque no lo parezca a primera vista, se trata de un libro con una fuerte presencia vivencial y experiencial. Claro está que aquí entra en juego el hecho de ser o ejercer como crítico, y cómo se vive eso desde un punto de vista tanto subjetivo como económico, etc. De esta manera el trabajo es principalmente un estudio de las condiciones de producción de eso que llamamos crítica (en un sentido no restrictivo a la crítica de arte). El contexto (o los contextos) son siempre condicionantes, y la palabra “España” la empleo calculadamente en contadas ocasiones a lo largo del texto. Dicho esto, no me siento particularmente deudor de ningún linaje de la crítica en este país. Recuerdo que cuando comencé a publicar, en el año 2000 y en el ámbito vasco, algunos separaban una crítica hecha por historiadores del arte, vinculados a la Facultad de Bellas Artes, de otra “nueva crítica” hecha por artistas. Evidentemente yo pertenecía a esta segunda categoría. Por otra parte, y en respuesta a tu pregunta, no hay nada más afín a la crítica que hablar de la muerte de la crítica.

Proceder a una crítica de la crítica —hacer meta-crítica, diríamos—, ¿es producto de estas circunstancias de zozobra o una condición ineludible del oficio? ¿No se acerca aquí la crítica, temerariamente, al peligro del ensimismamiento?

Peio Aguirre: Al contrario. Se trata de una necesidad, es decir, recuperar una crítica autoconsciente que parte de un primer dilema: ¿Sobre qué escribo y por qué? ¿Y cómo lo hago? La expresión “crítica de la crítica” ya está en el primer trabajo de Marx y Engels, La Sagrada Familia, cuando rebaten la corriente filosófica de los jóvenes hegelianos. Luego está el libro de Todorov del mismo título sobre el Formalismo, o el término “metacomentario” acuñado por Fredric Jameson. Todas estas expresiones son formas de entender la crítica y, si se quiere, la cuestión de la interpretación, como algo problemático y no como un simple oficio. Lo cierto es que lleva su tiempo darnos cuenta de las ideologías que se esconden detrás. Este libro puede verse, como tú dices, como un tipo de metacrítica, pero se trata de un ejercicio en cierto sentido planeado de antemano: sentar las bases metodológicas para a continuación poder concentrarme en otros contenidos y temáticas. Me interesa destacar que actualmente cualquier producción cultural (obra de arte, film, texto) se nos aparece como algo ya leído o ya visto, algo saturado de cultura, y me pregunto cuál es la forma de análisis o exégesis que ha de elucidar tal amalgama. Abogo por la disolución o fusión de las disciplinas y el retorno a un género literario que pueda disfrutarse de nuevo, algo simplemente englobado como “crítica”.

Jesús Carrillo: La reflexividad está en el código genético de la crítica y la legitima como espacio de interrogación de otras prácticas discursivas o artísticas. Se convierte en ensimismamiento narcisista cuando se patologiza dicha tendencia debido a la pérdida de un referente fuera de sí respecto al que hacer valer dicha capacidad de cuestionamiento. La crítica está ahora en un dilema que afecta a su propia existencia como práctica, desde el momento en que las lógicas del capital que operan en el mundo del arte ya no la necesitan para legitimarse, puesto que se legitiman a sí mismas sin ningún pudor. Para poder salir de su ensimismamiento, la crítica debe asumir esa situación y buscar contextos en que referenciar su reflexividad y capacidad de juicio. Mientras estos procesos están teniendo lugar en múltiples lugares, cierta crítica heredera de los años de abundancia de los noventa se ve condenada a replegarse sobre sí misma y a desgranar los males congénitos de un sistema que, paradójicamente, contribuyó a construir.

Detengámonos en esa idea: la crítica parece dejar de percibirse como necesaria, al menos en ciertos ámbitos, desde ciertas lógicas. ¿Puede esto tener que ver con la criticalidad expandida que emana de las redes sociales? ¿Qué función le queda al crítico en un mundo en el que el público está llamado a evaluar y comentar todo, a cada instante?

J.C.: Aunque cada vez me siento más incómodo haciendo este tipo de macro-diagnósticos, yo diría que los espacios y agentes de la crítica se han desplazado y transformado hasta el punto de dejar fuera de campo o desenfocadas a aquellas prácticas que tradicionalmente identificábamos con “la crítica”. Esto mismo ocurre con muchas de las formas discursivas e instituciones heredadas de la modernidad, sin que por ello se hayan desvanecido del todo ni hayan sido sustituidas por otras formas y otras instituciones que estemos en disposición aún de nombrar. Tal es la situación en la que nos movemos: una en la que los entes “zombi” de que hablaba Michael Hardt, las instituciones “monstruo” de Gerald Raunig, las “multitudes” aludidas por Antonio Negri y muchas otras “quimeras” conviven en un estado de permanente encabalgamiento, dislocamiento y precipitación.

Entre los setenta y los noventa las prácticas críticas tuvieron su canto de cisne, contagiando a una buena parte de las prácticas artísticas, en la ocupación de analizar y tematizar con morosidad lingüística aquella crisis sistémica que finalmente acabaría arrastrándolas en su corriente. Los textos de nuestro malogrado José Luis Brea fueron particularmente lúcidos al respecto, siendo la posición de mi generación en buena medida deudora de los mismos. Durante las dos décadas siguientes la violencia y la celeridad de los cambios se encargaría de revelar, sin embargo, el régimen de decadentismo y bizantinismo en que se habían producido aquellas discusiones, dejando a la intemperie a aquellos que nos habíamos formado al cobijo de sus “falsas cúpulas”. En esa intemperie, que pudo sentirse en el tránsito de los noventa a los dos mil, muchos agentes del arte: artistas, críticos e historiadores, se encontraron con otros muchos sujetos precarios que llevaban ahí más tiempo ensayando estrategias de supervivencia, orientación y resistencia: insumisos, mujeres, minorías sexuales, migrantes, desahuciados, “becarios” y hackers, de las que los recién llegados podían y debían aprender.

Creo que la misión de la crítica no estaría tanto en ajustarse y aprender a “surfear” las grandes olas de la marea dominante de la comunicación global, interpretando sus dinámicas de flujo, sino en el reconocerse como habitantes de los espacios de vida, cada vez más amplios y diversos, que se generan en el reflujo y en la resaca de dicha marea.

P.A.: Considero la criticalidad como un estado potencial, latente, para la realización de algo crítico; sea escribir un texto o desarrollar una práctica artística, gestionar una institución, etc. Precisamente la pérdida de distancia crítica en nuestra contemporaneidad nos sitúa en una situación en la que la ilusión de la criticalidad reaparece por todas partes. Es algo consustancial a la posmodernidad y el papel que ahí tienen el comentario y la ironía. Los mercados explotan primero esta liberación de la criticalidad preguntándonos todo el rato por nuestra opinión. Luego están las redes sociales, las cuales refuerzan esta ilusión, si bien pueden llegar a ser herramientas de liberación y opresión al mismo tiempo. En el futuro las redes sociales dejarán paso a una forma más sofisticada de control. Creo también que cualquier acto creativo debería relativizar la importancia de las redes sociales y la idea de la exponibilidad absoluta. Una función de la crítica está en la producción de contenido. Las redes sociales amplifican el contenido pero no necesariamente lo producen. En un tiempo de extrema aceleración en el consumo de opinión, merece la pena escoger los temas y desarrollar un análisis trabajado, aun sabiendo que incluso la vida de esa elaboración será breve y contingente.

En los últimos años se ha agudizado la necesidad de imaginar otras formas de practicar la política. Para terminar, ¿cómo sería hoy una crítica que fuera solidaria con este anhelo?

P.A.: Existe siempre una conexión entre las prácticas artísticas y el entorno social que las rodea, lo que ocurre es que no siempre ese vínculo se visibiliza o, pienso, hace falta una perspectiva histórica para asimilarla. Ese vínculo no necesariamente ha de ser de tipo temático o de contenido, sino cambios en los modos y en las maneras de hacer, el empecinamiento por la singularidad, etc. Estamos sin duda ante una coyuntura social y política de gran interés. La crítica tiene una parte de disidencia, un interés social más allá del uso inmediato, y como tal, puede contribuir a la mejora social. Ese anhelo al que te refieres para mí significa impulso utópico.

J.C.: Mi impresión es que la crítica forma ya parte de este proceso, pero no porque se haya dado cuenta mediante una “crítica” interna de la necesidad de alinearse en el nuevo frente, sino porque la violenta transformación de las condiciones de producción la ha lanzado, como señalaba antes, fuera de su esfera tradicional de sentido, hacia ese mismo indiferenciado ámbito precario en el que la imaginación y la construcción de nuevas formas de inteligibilidad y nuevos modos de hacer se convierte en una urgencia vital.

Diríamos que los espacios de la crítica, en conexión con los del arte y en relación promiscua con muchos otros, son aquellos que aportan reflexividad sobre las distintas prácticas y son capaces de religar unas con otras generando nuevas tramas de sentido. Sobre todo, son también aquellos en los que se reconoce y se ejercita la capacidad de todos para juzgar y para debatir colectivamente los sistemas de valor, a la vez que se proyecta una sospecha cautelar sobre cualquier intento de generar visiones monolíticas del presente. A pesar de que a veces nos cueste reconocer dichos espacios de crítica porque igual se pueden manifestar en un fanzine o pequeño proyecto editorial, en la definición de un nuevo espacio, o en la configuración disidente de una asamblea, colectivo o partido, estos espacios están en marcha.

Podríamos imaginar que ante el peligro de disolución de los espacios de la crítica por la inflación de likes de Facebook, se puede imaginar la multiplicación de los espacios de criticidad y no solo para desmontar el reconocido sistema dominante, sino también como catalizador de una nueva esfera pública.

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