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Berger, Fisher y los afectos de la crítica

La reciente muerte de John Berger ha generado toda una corriente de elogio alrededor de su vida y obra: escribir obituarios en tiempos digitales se está convirtiendo en un género por derecho propio. El alcance de esta corriente no debe ser desestimado: el impacto de la desaparición de un crítico de arte en tiempos en los que la crítica agoniza. Berger era además de crítico, escritor, poeta, autor de una serie de televisión, pintor, campesino y muchas más cosas. Pero principalmente era un crítico de arte, alguien de quien se podía decir, en vida y ahora también, que era sobre todo eso, un crítico de arte. Uno de los últimos de una especie en desaparición. Un crítico de arte es ante todo un escritor, o al menos debe aspirar siempre a esa condición. La unanimidad en la apreciación de Berger hay que tenerla en cuenta, y preguntarnos su por qué.

Conviene destacar dos facetas de su biografía para valorar el alcance de la escritura. Berger era un artista que en un momento dado pasa al otro lado, esto es, a escribir sobre arte. Este hecho le hacía sentirse cercano a la materia de la que está hecho el arte. Comprender el acontecimiento artístico supone entender la psicología de los artistas, cómo viven, cómo piensan y trabajan y también comprender la técnica y la materialidad de las cosas. Berger era además marxista, y así se reconoció en muchas ocasiones. También era spinozista, pues para él Spinoza era el filósofo favorito de Marx. Quizás por ello de este último recogió su solidaridad con los oprimidos y, del primero, el afecto como elemento movilizador de las pasiones, el arte, nunca mejor dicho, como ars affectandi.

John Berger creía en la igualdad de todos los seres humanos y en la emancipación, en el ideal de una sociedad más justa para todos así como en la capacidad redentora del arte. El marxismo de Berger era cálido, personal y ad hoc, idiosincrático y singular. No una ideología ni una filosofía, sino una manera ética de estar en el mundo, una metodología y también una forma y una teoría estéticas.

Resulta un tanto conmovedor comprobar el alcance de un crítico cuya escritura ha sido relevante para tantas personas durante el período formativo (o en las primeras aproximaciones al arte). Sin duda daría su nombre como primera opción a cualquiera que desee adentrarse por primera vez en los entresijos del arte. Y sin embargo ya no le leía. Echando la vista atrás recuerdo mi propio período de crecimiento en el que lentamente pasaba de ser artista a crítico, y ahí sí, aparece John Berger. De hecho, él fue uno de los primeros críticos de arte que recuerdo como tal. Su libro Páginas de la herida, que contiene el doloroso y hermoso “Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos”, es el recordatorio de un período de incesante búsqueda de sentido y orientación.

Los obituarios en tiempos digitales son peligrosos porque agrandan e hiperbolizan perfiles y biografías a la vez que se abandona todo sentido de la equidad y la proporción, valores estos inherentes para la crítica. Sin embargo, la capacidad de afectar es importante. Este comienzo de 2017 ha decidido cebarse con críticos y escritores: Berger, el sociólogo Zygmunt Bauman, el escritor Ricardo Piglia y también un joven Mark Fisher, nacido en el Reino Unido en 1968 y menos conocido que los mencionados para un lector en español, quien se suicidó hace unos días después una larga convivencia con la depresión. Fisher fue un crítico musical y un teórico de la cultura cuya huella apenas habíamos comenzado a vislumbrar. Para toda una generación, él ha sido el sismógrafo más sensible y perfeccionado entre los modos de producción cultural y la cultura de masas (en los terrenos de la música, el cine y la TV), y los diagnósticos fármaco-psicológicos del actual espíritu neoliberal y sus consecuencias en la educación y el trabajo. A su vez, defendió un necesario y urgente regreso a la clase como asignatura pendiente del socialismo en su histórica tarea de emancipación. La resonancia que siguió en 2009 a la publicación de su primer libro Capitalist Realism. Is There No Alternative? se escucha todavía, y no solo en el contexto anglosajón.

Lo que diferenciaba a Mark Fisher de otros teóricos que recurren a la cultura popular como explicación de las patologías del capitalismo tardío (Zizek o Jameson, por ejemplo), era su absoluta subjetivación de las referencias y digresión a niveles casi neurosensoriales. Este carácter fibroso era algo completamente palpable en su escritura, nerviosa pero de una claridad providencial, con un sentido de la urgencia que no eclipsaba su elegancia. Los temas e intereses de Fisher eran extremadamente variados, a través de una lista de autores que enlistados simulaban una falta aparente de cohesión. Nada más lejos de la realidad. Lo que estas referencias explicitaban era la necesidad de la experiencia vivida y no el mero consumo cultural.

No era Fisher alguien que hablaba de la cultura desde fuera. Como él mismo comentó una vez, su educación estuvo más marcada por la lectura compulsiva de la revista New Musical Express (NME) que por acudir a ninguna escuela. ¿Acaso no se cumpliría aquí la famosa teoría de Walter Benjamin del autor como productor o, dicho de otra manera, el lector como aquel ente activo dispuesto a dar el paso para convertirse como consecuencia de la lectura en escritor-productor? Si no era un texto escrito, Fisher podía realizar una lista de canciones y subirlo a Soundcloud como reflejo de su estado de ánimo. Cuando escribía en los 2000 bajo el nom de guerre k-punk en su celebrado blog, aseguraba que “no se trataba solo de música, y la música no era solo música”, una manera sencilla de explicar la deriva hacia una politización de la cultura en la que él era ante todo un productor.

Fisher poseía una cualidad que rara vez se ve en la crítica cultural actual, a saber, la posibilidad de trazar una relación entre la base y la superestructura de tal manera que se produzca un efecto verdaderamente sistémico. Su marxismo es toda una piedra de toque de la importancia decisiva que una cultura popular avanzada, pública y decididamente moderna ha de jugar en ese gran tablero que es la política. Él era un modernista militante que no solo escribió sobre cultura y teoría de una manera apasionada y energizante, sino que también ayudó a transformar el propio campo cultural (piénsese en su enorme influencia en la música y en artistas de sonido y artes visuales, estudiantes de la universidad de Goldsmiths en Londres…). Sus escritos tenían la fibra de los mejores, y nos exigen leerlos una y otra vez.

Tanto John Berger como Mark Fisher ejercieron eso que todavía denominamos crítica, interseccionando territorios en apariencia alejados. El primero fue un autor mainstream, mientras que el segundo era respetado en una esfera editorial digamos independiente o alternativa. Pero lo que ofrecieron especialmente es eso que comúnmente llamamos esperanza, cuando el cierre sistémico del futuro ya se ha cernido sobre nuestro presente, y lo único que nos queda es interpretar y decodificar los restos de una cultura que no cesa de repetirse a sí misma, sin dirección ni rumbo. El primero ofreció esperanza a numerosas generaciones y resistió hasta el final, mientras que el segundo fue generoso en vida y proporcionó esa misma esperanza a numerosos jóvenes aún no teniéndola para sí, sucumbiendo de manera triste y trágica. Lejos de hacer de él un mártir, conviene preguntarnos dónde se encuentra la falla. Él siempre defendió que los problemas individuales tienen orígenes que son colectivos, y que las numerosas patologías generadas por el neoliberalismo solo pueden ser curadas dentro de una revivificada esfera pública. No obstante, ambos autores nos recuerdan que afecto y esperanza son constitutivos de la crítica.

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