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Concreta 08

INTERCAMBIO

Pablo Lafuente: Podríamos comenzar hablando un poco de cómo llegó a conocer a los Yanomami.

Claudia Andujar: Soy naturalizada brasileña, mas de origen europeo. Cuando llegué a Brasil quedé encantada, me sentí en casa. Me interesé mucho por conocer el país y sus habitantes, y comencé a viajar. Como mi llegada fue a São Paulo, en primer lugar viajé por sus alrededores, porque no tenía posibilidad de ir lejos. Con el tiempo, en los años sesenta, comencé a visitar lugares más distantes, como el litoral paulista, con sus aldeas de pescadores. Poco tiempo después conocí a Darcy Ribeiro, que vio mi trabajo de fotografía, un trabajo que comenzó después de mi llegada a Brasil. Fue Ribeiro quien sugirió que fuese a conocer pueblos indígenas. Mi primera experiencia fue con los indios Karajá, después con los Bororo, y más tarde con los Kayapó Xikrin. Para entonces ya tenía más familiaridad con la fotografía, había decidido que era una práctica en la que quería invertir, y aprendí también a trabajar en un laboratorio, a revelar imágenes.

En esa época trabajaba como fotoperiodista para la revista Realidade, y uno de los trabajos que hice para ellos fue en el estado de Amazonas, donde por casualidad conocí una aldea Yanomami. Me quedé allí dos semanas, haciendo el reportaje para la revista. Era una época, al final de los sesenta, en la que el régimen militar estaba intentando «ocupar» la Amazonia. Para ellos los indios no eran «gente»; tenían que llevar allí «gente» para desarrollar la región. Cuando fui a hacer el reportaje en la revista me pidieron que no fotografiase indios, porque siempre eran maltratados, y las fotografías, al mostrar su situación, podrían crear problemas para la revista. Mas cuando volví a São Paulo con las fotos el equipo quedó encantado, porque los yanomami eran gente muy bonita y abierta, y las imágenes no mostraban indios sufriendo o maltratados. El reportaje ocupó unas seis páginas y la portada.

A causa de la situación política, Realidade eventualmente interrumpió su publicación, y decidí que quería volver con los Yanomami, quedarme con ellos por un tiempo indefinido —el tiempo que precisase— haciendo un trabajo personal. Un trabajo que sería para mí, sin intención de divulgar.

P.L.: ¿Fue en la misma aldea?

C.A.: No, allí solo volví muchos años después. Fue en otra área, en el estado de Roraima, con una pequeña misión católica recomendada por un conocido. La misión podría hospedarme, así como facilitar el trabajo. Permanecí allí un año, después dos, y finalmente volví a São Paulo para ver lo que había fotografiado, porque allí, por causa del clima y de la falta de infraestructura no tenía condiciones de hacerlo. Así comencé a dedicarme exclusivamente a los Yanomami, viajando dentro de su territorio en los alrededores del río Catrimami, siempre recibiendo gran apoyo de los misioneros. Ellos conocían poco a los Yanomami, si bien más que yo, y hablaban algo de la lengua.

P.L.: ¿Qué tipo de fotografías hizo en esas primeras visitas? ¿Y qué tipo de relación tenía con las personas que fotografiaba?

C.A.: Al comienzo fotografiaba, yo diría, su vida cotidiana. Llevó tiempo comenzar a relacionarme realmente con su cultura, pero durante esa convivencia comencé a familiarizarme también con ella. Acompañaba los rituales, y quería saber lo que había tras ellos. Cuanto más tiempo pasaba con los Yanomami más me interesé por entender quiénes eran, por conocerles como un pueblo, como una cultura.

P.L.: ¿Y el tipo de fotografía mudó en ese proceso de familiarización?

C.A.: Eso llegó de una forma orgánica. Fui muy bien recibida, y ellos tenían también mucha curiosidad por conocerme. Había un interés en el conocimiento mutuo. En ese proceso, por ejemplo, las luces dentro de las malocas u ocas, sus casas, o la luz que percibí en los viajes en la floresta, influenciaron mucho mi trabajo. El contacto, tanto con la cultura como con la naturaleza, me hizo ver ciertas cosas, y adoptar respuestas a lo que yo entendí sobre ambas.

Así, la enseñanza de nuestros supuestos «informadores» es siempre dispensada, antes de todo, con fines diplomáticos. Su paciente educación se aplica, en primer lugar, a hacernos pasar del rol de embajador sin opinión de un universo amenazador a aquel de un traductor con buena voluntad, capaz de hacer comprensible su singularidad y así preparar la posibilidad de una alianza. [...] Es así que, creyendo que está simplemente «recogiendo datos», el etnógrafo novicio es de hecho el objeto, desde la perspectiva de aquellos que han aceptado su presencia, de un trabajo de reeducación con el objetivo de ser intermediario al servicio de su causa.
Bruce Albert


Mi práctica fotográfica quedó interrumpida en los años setenta, tras el comienzo de la construcción de la Rodovia Perimetral Norte (o BR-210). Estaba en la región en el momento en que se lanzó el proyecto, cuando llegaron muchas personas para cortar árboles, personas que trajeron enfermedades. Entre 1974 y 1976 muchos Yanomami murieron. Yo quedé muy impresionada con esos eventos, que mudaron mi vida y mi trabajo con los Yanomami. Decidí embarcarme en un trabajo de activismo. Era un momento muy difícil en Brasil, con el gobierno militar, y en cierto momento me expulsaron del territorio. De vuelta en São Paulo me uní a la ONG Comissão Pró-Indio, y ahí comenzó una lucha para defender la demarcación de una tierra para los Yanomami, con la creación de la ONG Comissão pela Criação do Parque Yanomami en 1984. Fue una lucha que continuó hasta 1992, cuando el territorio fue reconocido por el gobierno brasileño. Fue un período muy difícil, y parte de esa dificultad me hizo dejar de fotografiar.

P.L.: Porque el trabajo de activismo ocupaba mucho espacio.

C.A.: Exactamente, porque pensaba que la vida de los Yanomami era más importante: contribuir a que ellos sobrevivieran, intentar detener lo que estaba proyectado para acontecer en la región. Involucrar a los Yanomami en esa lucha no fue fácil, porque la gran mayoría no tenía contacto con nuestra sociedad, a pesar de las muertes causadas por la construcción Perimetral. El territorio es muy extenso. Durante esos acontecimientos conocí a Davi Kopenawa, por casualidad. Estaba de camino a una aldea donde un gran número de habitantes estaban muriendo. Cuando la Funai [1] supo que estábamos allí decidieron ir a ver lo que estábamos haciendo y nos mandaron salir de la región. En esos tiempos Davi trabajaba para la Funai como intérprete.

Más tarde, en Boa Vista, donde habíamos creado una oficina para la ONG, Davi me procuró, conversamos largo y retornó varias veces. Quería unirse a nosotros, y dijo que pensaba que yo era una persona de confianza, y que realmente quería defender a los Yanomami. Davi fue el primer Yanomami que tuvo interés en unirse al movimiento. Comenzamos a viajar juntos, intentando conseguir apoyo en Europa: en París, Londres... Davi fue recibido por el Secretario General de la ONU, donde hizo una presentación pública. Y en otros lugares de Europa, como Inglaterra y Noruega. Llegó al punto en que Fernando Collor, que entonces era presidente de Brasil, decidió que sería de su interés demarcar la tierra Yanomami. Lo hizo no por los Yanomami, sino para presentarse ante el resto del mundo como una persona que se preocupaba por las cuestiones indígenas.

La política es otra cosa. Son las palabras de Omama y de los xapiri que él nos dejó. Son palabras que escuchamos en el tiempo de los sueños, y que preferimos, porque son las nuestras. Los blancos no sueñan tan lejos como nosotros. Duermen mucho, pero solo sueñan consigo mismos. Su pensamiento permanece obstruido, y duermen como tapires o tortugas. Por eso no consiguen entender nuestras palabras.
Davi Kopenawa


P.L.: ¿Durante ese tiempo usted fotografió?

C.A.: Fotografiaba un poco a los Yanomami, pero siempre en conexión con el trabajo de defensa de su territorio. Cuando el territorio fue finalmente demarcado, la ONG inició un trabajo de vacunación, y de ahí surgió la serie Marcados. Para realizarlo de modo sistemático era preciso crear un sistema de fichas médicas e identificar a los Yanomami, porque las aldeas eran lugares pequeños en los que los miembros pertenecían de una manera u otra a la familia y, sin nombres como los nuestros, se llamaban unos a otros madre, padre, hermano... Acompañé ese trabajo y fotografié en cada aldea a todos aquellos que fueron examinados, utilizando números como sistema de identificación.

Periódicamente volvía a São Paulo, pero comencé a tener problemas de salud y no conseguía formar parte de lo que acontecía allí. Viviendo en São Paulo recuperé mis antiguas fotografías, de diversas épocas, y comencé a pensar en hacer un trabajo que mostrase la cultura Yanomami, siempre intentando mostrar la importancia de la naturaleza en el chamanismo, el contacto con los espíritus que ellos llaman xapiri, porque todo acontece en ese contacto con los espíritus que invocan por diferentes causas. Esa conexión entre los Yanomami y el mundo de los espíritus que conocí en los años setenta es fundamental para mi comprensión de los Yanomami y su cultura.

P.L.: Una característica marcada de las series Sonhos y O Encontro es el hecho de que los cuerpos aparecen con menos nitidez, fragmentados, con otros cuerpos o elementos superpuestos.

C.A.: La superposición de fotografías aconteció en São Paulo, muchos años después del momento en que las fotos fueron hechas. Esa acción fue, en cierta manera, el resultado del conocimiento de la cultura Yanomami, de su ligazón con los espíritus de la naturaleza.

Entonces, eso significa que nunca hay una imagen. Hay siempre varias imágenes. En realidad, deberían llamarse multiimágenes.
David Lapoujade


P.L.: Cuando trabajó con esas imágenes, ¿utilizó filtros?

C.A.: Puse énfasis en la cuestión de la luz, de los colores, en respuesta a cómo ellos explicaban la llegada de los espíritus, y la ligazón entre nuestro mundo y el mundo superior. Los Yanomami acreditan que el mundo tiene tres niveles, y que nosotros estamos en el del medio. Pero antiguamente existía otro mundo, y los espíritus están ligados a él. Las luces son importantes en esa cosmología, a través de ellas llegan los espíritus, en los caminos de luz. Como esos años me quedaba mucho en casa, tenía tiempo para dedicarme a trabajar las imágenes, a repensar todo lo que viví y absorbí.

P.L.: En las imágenes de O Encontro, los colores dominantes son los tierras y azules, ¿cómo llegó a ellos?

C.A.: A causa de esa ligazón con la naturaleza, porque en ella están presentes esas luces. Eso quedó dentro de mí, como una impresión, y hasta hoy intento recrear lo que absorbí y me tocó tanto.

P.L.: En el libro A queda do ceu [2], Davi Kopenawa habla de una visita a un museo, en la que se enerva porque siente que los objetos que encuentra en las vitrinas no deberían estar allí, ya que no solo apuntan dolorosamente a una ausencia, sino que esa ausencia está causada por la violencia contra los pueblos indígenas. Cuando él ve sus fotos, ¿cuál es su respuesta? ¿Tienen algún tipo de diálogo sobre ellas?

C.A.: Davi pertenece a una generación que no quería fotografía. Él piensa que fotografiando a una persona extraes algo de ella. Por eso, durante mucho tiempo, no se interesó por mi trabajo. Trabajamos juntos para salvar la vida de los Yanomami, pero él evitaba intimidad con el trabajo fotográfico.

En el escritorio de la organización Yanomami en Boa Vista hay libros míos, y tras la muerte de uno de los Yanomami fotografiados, él rasga la foto, porque no es posible permanecer con la imagen de una persona que ya partió. Cuando la persona está viva lo es, pero cuando ya no está viva no. Cuando una persona muere acontece un ritual fúnebre, en el que todo lo que era de la persona es destruido. Dejar sin destruir una foto impediría al alma volver.

Es ruin guardar trancados en esta casa grande los bienes de los habitantes de la floresta que murieron en el pasado a causa de las enfermedades y las armas de los blancos. Esas personas fueron creadas en el primer tiempo. Son, desde siempre, los verdaderos dueños de la floresta. Sus objetos pertenecen a los xapiri y a Omama. ¡Me aflige mucho verlos expuestos de ese modo! Quiero ver cosas bonitas, no cosas de muerte. Prefiero ver imágenes del cielo, del sol, de las montañas, de la lluvia, del día y de la noche —todo lo que no muere—. Los humanos desaparecen muy deprisa, y cuando su soplo de vida se corta, solo inspiran tristeza y saudade. Los blancos pueden mostrar lo que quieran en sus museos, pero no cosas provenientes de fantasmas.
Davi Kopenawa


Pero ahora la situación cambió, porque los jóvenes tienen máquinas fotográficas, y ellos mismos toman fotos. Son fotografías de lo cotidiano, de su día a día.

P.L.: ¿Cree que sus fotografías ayudaron al trabajo activista?

C.A.: Hoy sí, pero en la época en que estaba practicando activismo no. Hice muchas fotografías en los años sesenta y comienzos de los setenta, pero durante la época de activismo no tenía tiempo de fotografiar. Iba mucho a Brasilia, para encontrar funcionarios del gobierno, a los cuales la última cosa que les interesaba eran las fotos. Creo que desde el gobierno nunca vieron una sola fotografía mía, pero siento que hay hoy una mudanza en relación a esas cuestiones. No en los gobernantes, sino en la población. Algunas personas tienen más conciencia, entendieron que existe algo que hay que preservar: la naturaleza y, como parte de ella, los pueblos indígenas. Esa mudanza me da satisfacción, y en este contexto es donde creo que se pueden entender las fotografías que muestran cómo los Yanomami entienden el mundo. No sé si la sociedad en general está percibiendo la importancia de esa perspectiva, pero espero que sí.

A mi modo de ver, solo podremos convertirnos en blancos el día que ellos se conviertan en Yanomami.
Davi Kopenawa




Notas:
* Esta conversación tuvo lugar en São Paulo en julio de 2016. El título que abre esta conversación es una cita del autor Davi Kopenawa. El autor quiere agradecer a Kiane Damasceno, Marcos Gallon y Luiza Proença.

[1Fundação Nacional do Indio, organización, dependiente del Ministerio de Justicia de Brasil, que está encargada de los asuntos indígenas.

[2KOPENAWA, DAVI y ALBERT, BRUCE: A qeda do ceu, palabras de un xamã yanomami, Companhia das Letras, 2015.