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Concreta 11

Contexto

Acerca del auge de la «economía del endeudamiento»

Como David Graeber con tanto ahínco nos recuerda, el endeudamiento ocupa un lugar central en la historia de la humanidad y de la lucha de clases. Ya en el siglo sexto antes de Cristo las revueltas de deudores eran frecuentes en la antigua Atenas, forzando cancelaciones de deuda y prohibiciones contra la esclavitud por endeudamiento [1]. En Roma, en el año 63 a. de C., Catilina, jefe de los populares (la sección del Senado que se ocupaba de los problemas de las plebes urbanas), capitaneó un ejército de deudores contra los patricios [2]. En la época moderna, la deuda pública se ha convertido en «una de las palancas más efectivas de la acumulación originaria», como señala Karl Marx en su capítulo «La génesis del capitalista industrial» [3]. En 1786 la rebelión de Shays, que tuvo lugar en el oeste de Massachusetts tres años después de la finalización de la Guerra de la Independencia, apuntó a los cobradores de deudas [4]. Cien años después, el Populist Party expresó la rabia sentida por los granjeros al ver cómo los banqueros requisaban sus explotaciones por la imposibilidad de satisfacer sus deudas [5]. También las penny auctions (subastas al centavo o microsubastas) que se extendieron desde Wisconsin por gran parte del Medio Oeste durante la Gran Depresión, fueron respuestas a la amenaza de la deuda y las ejecuciones hipotecarias. En suma: como medio de explotación y esclavitud, la deuda ha sido, a lo largo de los tiempos, un instrumento de dominación de clase. Dicho esto, sería un error entenderla como una suerte de «universal político». Como las sociedades de clase en las que prosperó, la propia deuda ha estado sujeta a importantes transformaciones.

Lo que resulta particularmente cierto en la situación actual que, con el giro neoliberal en el desarrollo capitalista, ha presenciado el nacimiento de una nueva «economía del endeudamiento», economía que está alterando no solo la arquitectura de acumulación capitalista, sino la forma de la relación de clase y hasta el endeudamiento mismo [6]. La deuda se ha vuelto omnipresente y afecta a millones de personas por todo el mundo que nunca antes habían sido deudoras de bancos. Además, es hoy utilizada por gobiernos y financieros para acumular riqueza, pero también para socavar la solidaridad social y los esfuerzos de movimientos de todo el planeta para crear comunes sociales y alternativas al capitalismo.

Fue durante la «crisis del endeudamiento», desencadenada en 1979 por la subida por parte de la Reserva Federal de los tipos de interés del dólar, cuando el Banco Mundial y el Fondo Monetario International (IMF), como representantes del capital internacional, «ajustaron estructuralmente» y recolonizaron de hecho gran parte del antiguo mundo colonial, sumergiendo regiones enteras en una deuda que, con el paso de los años, lejos de extinguirse ha continuado creciendo [7]. En muchos países la crisis de la deuda hizo que las ganancias obtenidas en la lucha contra el colonialismo se perdieran, con la imposición, además, de un nuevo orden económico que ha condenado a poblaciones enteras a una pobreza hasta entonces desconocida. Sobre esa base se instauró una reestructuración de la economía política mundial que ha canalizado sistemáticamente los recursos de África, América Latina y todos los países sometidos a la «crisis del endeudamiento» hacia Europa, Estados Unidos y, más recientemente, China.

Tal ha sido el éxito de la crisis del endeudamiento en la recolonización de gran parte del «Tercer Mundo» que sus mecanismos se han ampliado ya para disciplinar a los trabajadores norteamericanos y (más recientemente) europeos, como demuestran las drásticas medidas de austeridad impuestas sobre las poblaciones de Grecia, España, Italia y Reino Unido, entre otros países, y evidencia el hecho de que la deuda pública haya infectado incluso a los municipios más pequeños, «endeudando [con ello] sociedades enteras» [8]. Pero la expresión más clara de la lógica causante de la nueva economía de la deuda se encuentra en las nuevas formas de deuda individual que han proliferado con el giro neoliberal: los préstamos a estudiantes, la deuda hipotecaria, la deuda de las tarjetas de crédito y, sobre todo, la deuda por microfinanza que afecta hoy a millones de personas de todo el planeta.

Considerando que la deuda es uno de los medios de explotación más antiguos, ¿cuál es la novedad de su nuevo uso? En las líneas siguientes indago en esa cuestión y defiendo que el endeudamiento individual y colectivo, además de amplificar los efectos económicos de la deuda de Estado, altera la relación entre el capital y el trabajo, y entre los propios trabajadores, acrecentando la autogestión de la explotación. A su vez convierte las comunidades que la gente está construyendo en busca de apoyo recíproco en medios de esclavitud mutua. De ahí lo pernicioso del nuevo régimen de la deuda y la importancia de comprender los mecanismos que favorecen su imposición.

El fin del Estado del Bienestar y la crisis del salario-común

En el foco de la atención pública a consecuencia de la crisis de las subprime del 2 de octubre de 2008, el endeudamiento individual y de los hogares se ha convertido en objeto de un gran corpus de literatura, que investiga sus causas y sus efectos sociales, su relación con la creciente financiarización de la vida cotidiana [9] y la reproducción [10], su determinación de nuevas formas de subjetividad [11] y, muy especialmente, las formas de movilización más efectivas frente a él [12]. Existe un amplio consenso en que la institución de una economía basada en el endeudamiento es un elemento clave de una estrategia política neoliberal como respuesta al ciclo de luchas que, en las décadas de los sesenta y los setenta, puso la acumulación capitalista en crisis, consecuencia del desmantelamiento del contrato social que, desde el período fordista, existía entre el capital y el trabajo. Posiblemente, las luchas de mujeres, estudiantes y obreros hicieron ver a la clase capitalista que invertir en la reproducción de la clase trabajadora «no compensa», ni en cuanto al aumento de la productividad del trabajo, ni en cuanto a la consecución de una fuerza de trabajo más disciplinada. Ese es el motivo de que hayamos asistido, además de al desmantelamiento del «Estado del bienestar», a la «financiarización de la reproducción», pues un número cada vez mayor de personas (estudiantes, beneficiarios de ayudas, pensionistas) se ha visto abocado a solicitar préstamos bancarios para adquirir servicios (educación, sanidad, pensiones) antes subvencionados por el Estado, de forma que muchas actividades reproductivas se han convertido hoy en espacios inmediatos de acumulación de capital.

Hablamos de fenómenos bien comprendidos. Hay acuerdo en que la deuda sirve para imponer austeridad social, sirve para privatizar los medios de reproducción e intensifica el mecanismo de dominación [13]. Se asume también que la financiarización de la reproducción, que está detrás de un alto porcentaje de la deuda de personas y hogares, no es algo que se superpone a la economía real: es la «economía real», pues es la organizadora directa del trabajo de la gente. Pero la nueva literatura sobre el endeudamiento no ha hecho suficiente hincapié en el papel que las nuevas formas de endeudamiento han desempeñado en la destrucción de la solidaridad comunal, un elemento que las diferencia de anteriores modalidades de endeudamiento proletario. Conviene recordar, de hecho, que la deuda siempre fue uno de los aspectos más comunes de la existencia proletaria. Desde el siglo XIX a los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, las comunidades obreras vivían gran parte del año del crédito, pagando a los tenderos los días de cobro y prestándose dinero entre sí para llegar a fin de mes. En ese contexto, el endeudamiento funcionó con frecuencia como una suerte de asistencia mutua, un medio por el que las comunidades hacían llegar sus recursos escasos a los más necesitados. Ni siquiera en las company towns [14] la deuda aislaba a quienes la sufrían, pues era un vínculo compartido que los unía en su resentimiento hacia los explotadores. La deuda empezó a cambiar de connotación, primero con la creación de la compra a plazos, que ya en los años veinte era práctica habitual [15], y más tarde, en el período que siguió a la Segunda Guerra Mundial, con la extensión de las hipotecas, sobre todo a trabajadores hombres y blancos, y con un salario garantizado por el Estado y los sindicatos, que funcionaba como aval. Para los trabajadores, el endeudamiento por hipotecas o por gastos de consumo representó una victoria y al mismo tiempo una derrota. Por un lado, la extensión del crédito a los trabajadores invertía el principio ontológico capitalista de que primero se trabaja, y luego se cobra, que suponía que los proletarios debían trabajar a crédito. Por otro, al ir vinculado a la disponibilidad de salarios, al rendimiento y, en muchos casos, al privilegio racial, contribuía a debilitar la cohesión comunal [16].

En los años ochenta, el endeudamiento de los trabajadores se había convertido en una medición fiable de su pérdida de poder social. La década de los ochenta fue el período de la «gran transformación» [17], que puso en pie la infraestructura destinada a la nueva economía de la deuda. Por entonces, la extensión del crédito a los trabajadores por la ampliación del acceso a las tarjetas de crédito, junto con la precarización del trabajo, la supresión de las legislaciones antiusura en muchos estados y la creciente mercantilización de la educación y la sanidad, cambiaron el carácter de la deuda como relación social. La disminución de los salarios y la multiplicación de incentivos para acudir al mercado a adquirir las necesidades vitales, condujeron a un crecimiento del crédito y, con ello, a socavar, más incluso, las bases materiales de la solidaridad. No deja de resultar irónico que mientras el empleo se volvía más inseguro y el acceso al mismo considerablemente más difícil, se facilitara el endeudamiento hasta tales extremos. De todos es conocido el nivel de fraude al que se recurrió para poner a las multitudes bajo el control de los bancos, pero lo que aquí importa, al menos para mi razonamiento, no son las manipulaciones del mundo financiero, sino la consolidación de una economía de deuda que desarticulaba el tejido social y que lo hacía —y no es poca cosa— recurriendo a la ilusión de que los medios financieros fabricados por el sistema bancario internacional podían ser usados también por los trabajadores, no solo para adquirir las necesidades vitales, sino para adelantarse al sistema.

No es mi intención examinar la compleja dinámica de clase que activó aquel proceso. Baste decir que el endeudamiento masivo y el ataque neoliberal a los salarios y a los «derechos sociales» no habría sido posible sin la aceptación por parte de algunos trabajadores de la ideología neoliberal que defiende el acceso a la prosperidad por la vía del mercado. Desde ese punto de vista, cabe contemplar la escalada de endeudamiento con los bancos formando un continuum con la aceptación, entre algunos trabajadores, de stocks empresariales en lugar de salarios y prestaciones, y con su intento por mejorar el declive de su situación económica rehipotecando sus viviendas, lo que explicaría, en parte, la ausencia de una resistencia masiva frente a la negativa del Estado de usar sus recursos acumulados para garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo.

Sin embargo, como la caída de Wall Street en 2008 demostró con toda crudeza, la esperanza de que la «financiarización» pudiera ofrecer una solución o una alternativa a la desaparición de empleos y sueldos se ha revelado como una simple ilusión. La decisión de rescatar a los bancos pero no a los trabajadores endeudados ha puesto de manifiesto que el endeudamiento está diseñado para ser la condición estándar de la existencia trabajadora, al nivel de lo que sucedía en la fase inicial de la industrialización, pero con consecuencias más devastadoras desde la perspectiva de la solidaridad de clase, pues el acreedor ya no es el tendero de la esquina o el vecino, sino el banquero y, debido a los elevados tipos de interés, la deuda, como el cáncer, crece con el paso del tiempo. Es más: desde los años ochenta asistimos a la organización de una campaña ideológica que transmite la idea de que endeudarse con los bancos para garantizar la reproducción individual equivale a una forma de emprendimiento, falseando con ello la relación de clase y la explotación que ello comporta. De acuerdo con esa campaña, en lugar de una lucha capital-trabajo mediatizada por la deuda, tenemos millones de microemprendedores, que «invierten» en su reproducción aunque no cuenten más que con unos cientos de dólares, y que supuestamente son «libres» de prosperar o fracasar en función de su diligencia o su sagacidad.

Pero no es solo que la «reproducción» se presente como una «autoinversión»: la conversión de la máquina prestadora de deuda en el principal medio de reproducción da lugar a una nueva relación de clase, en la que los explotadores se encuentran más ocultos, más alejados, y los mecanismos de explotación están mucho más individualizados y son generadores de culpa en mayor medida. En lugar de trabajo, de explotación, y sobre todo de «jefes», que tan notorios eran en el mundo de las chimeneas, hoy, los deudores no se enfrentan al empleador, sino al banco, y lo hacen solos, individualmente, no como miembros de un cuerpo y una relación de colectivos como era el caso de los trabajadores asalariados. Con ello la resistencia de los trabajadores se difumina, los desastres económicos adquieren una dimensión moralizadora y la función de la deuda como instrumento de extracción de trabajo se enmascara, como antes veíamos, tras el engaño de la autoinversión.





Notas bibliográficas:

[1GRAEBER, DAVID: Debt. The First Five Thousand Years, Melville House, Nueva York, 2011, pp. 230-31, 427nn 24-25.

[2CAFFENTZIS, GEORGE: «Two Cases in the History of Debt Resistance: Catiline and El Barzon». Transcripción de una charla impartida en Occupy University Debt Discussion Series, celebrada en la Elizabeth Foundation for the Arts, Nueva York, 17 de octubre, vol. 201, p. 3

[3«La única parte de la llamada riqueza nacional que realmente entra en la posesión colectiva de los pueblos modernos es su deuda pública». MARX, KARL: Capital. Vol. 1, Penguin Classics, Londres, 1976, p. 919.

[4ZINN, HOWARD: A People’s History of the United States: 1492-Present, Nueva York, HarperCollins, 1999, pp. 92-93.

[5Ibídem, p. 284.

[6El concepto de «economía del endeudamiento» lo tomo de LAZZARATO, MAURIZIO: The Making of the Indebted Man: An Essay on the Neoliberal Condition, Semiotext(e), Los Ángeles, CA, 2012.

[7La literatura sobre la crisis del endeudamiento es hoy en día vastísima. Para referencias, remito a VV.AA.: The Poverty of Nations: A Guide to the Debt Crisis from Argentina to Zaire, Zed Books, Londres, 1991; CAFFENTZIS, GEORGE: «The Fundamental Implications of the Debt Crisis for Social Reproduction in Africa», Women, Development, and Labor of Reproduction: Struggles and Movements, Africa World, Trenton NJ, 1995, pp. 153-187; CLEAVER, HARRY: «Notes on the Origins of the Debt Crisis». Midnight Notes, nº 10, 1990, pp. 18 22; FEDERICI, SILVIA: «The Debt Crisis, Africa, and the New Enclosures», Midnight Notes, nº 10, 1990, pp. 10-17. La excepción al problema del crecimiento de la deuda está en América Latina, donde la deuda externa disminuyó, como media, desde el 59% del producto interior bruto en 2003 al 32% en 2008. VALDIVIA-VELARDE, EDUARDO y SEO, LILY: «Data Spotlight: Latin America’s Debt». Finance and Development 46, nº 1, 2009. En línea: www.imf.org/external/pubs/ft/fandd/2009/03/dataspot.html. [Última consulta realizada el 6 de marzo de 2018].

[8LAZZARATO, MAURIZIO: Óp. cit., p. 8. Acerca de la crisis de la deuda en Grecia, ver Children of the Gallery (Ta Paidia Tis Galarias, o TPTG): «Burdened with Debt: Debt Crisis and Class Struggle in Greece», Revolt and Crisis in Greece. Between a Present Yet to Pass and a Future Still to Come, AK Press, Oakland, CA, 2011, pp. 245-78; GRAEBER, DAVID: «The Greek Debt Crisis in an Almost Unimaginably Long-Term Historical Perspective», Revolt and Crisis in Greece; Between a Present Yet to Pass and a Future Still to Come, AK Press y Occupied London, Oakland y Edinburgo, 2011, pp. 229-248. La deuda estatal y la municipal se crearon a partir de finales de los setenta por la adopción de leyes y provisiones que prohibían a los gobiernos imprimir dinero para resolver los problemas monetarios, forzándolos con ello a recurrir a los mercados financieros privados (LAZZARATO, MAURIZIO: Óp. cit., p. 18).

[9MARTIN, RANDY: Financialization of Daily L., Temple University Press, Philadelphia, 2002.

[10MARAZZI, CHRISTIAN: The Violence of Financial Capitalism, Semiotext(e), Los Ángeles, CA, 2010.

[11LAZZARATO, MAURIZIO: Óp. cit.

[12CAFFENTZIS, GEORGE: «Workers against Debt Slavery and Torture: An Ancient Tale with a Modern Moral», UE News, julio, 2007; CAFFENTZIS, GEORGE: «Notes on the Financial Crisis: From Meltdown to Deep Freeze», Uses of a Whirlwind. Movement, Movements, and Contemporary Radical Currents in the United States, AK Press, Oakland, CA, 2010, pp. 273-282; CAFFENTZIS, GEORGE: «University Struggles at the End of the Edu-Deal», Mute: Culture and Politics after the Net 2, no 16, 2010, pp. 110-117.

[13LAZZARATO, MAURIZIO: Óp. cit.

[14Ciudades o pueblos en los que prácticamente todas las viviendas, y hasta los comercios, eran propiedad de una sola empresa, que era además el principal empleador (N. del. T.).

[15CROSS, GARY: Time and Money: The Making of a Consumer Culture, Routledge, Nueva York, 1993, p. 148.

[16Sobre la relación entre el crecimiento de los «gastos de consumo» y la privatización de las relaciones sociales en la clase obrera, ver Cross 1993, pp. 168-183.

[17POLANYI, KARL: The Great Transformation, Beacon Press, Boston, MA, 1957.